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Legionario en España

Un inglés en el bando nacionalista de la Guerra Civil Española

Peter Kemp

Legionario en Espaρa - Un inglιs en el bando nacionalista de la Guerra Civil Espaρola - Peter Kemp

256 páginas
medidas: 14,5 x 20 cm.
Ediciones Sieghels
2015
, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
 Precio para Argentina: 300 pesos
 Precio internacional: 21 euros

Peter Mant MacIntyre Kemp, escritor y soldado Inglés, hijo de un juez en la India británica, alcanza un doctorado en lenguas clásicas y derecho. Nacido en un ambiente conservador y monárquico, le preocupa el ascenso del comunismo y decide dejar la teoría para pasar a la acción en noviembre de 1936, con apenas 23 años, al dejar su país para alistarse en el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Lleno de idealismo y valentía, deja los libros o las expectativas de una vida confortable para pasar a combatir por un ideal en un medio que le es extraño.
Kemp se enrola en el tercio de requetés y luego en la Legión, donde llegó a mandar, accidentalmente, una Bandera. Pasa casi toda la guerra en primera línea, es herido varias veces y gana las estrellas de oficial.
Sus memorias de guerra constituyen uno de los testimonios más directos, vivaces y llenos de color que sobre la guerra de España se hayan escrito. Es el testimonio de un soldado que lucha en una guerra extraña, en un país al que ama entrañablemente pero al que a veces no logra comprender. Pero Peter Kemp es, además, un escritor de seguro instinto narrativo, con habilidad para ver el detalle revelador, la anécdota pintoresca, para bosquejar sobriamente el retrato de un personaje. Objetivo, elaborado sobre situaciones y hechos vividos. Legionario en España es ya un clásico sobre la Guerra Civil Española.

 

ÍNDICE

 

Prólogo 7
I 11
II 29
III 45
IV 71
V 109
VI 139
VII 155
VIII 173
IX 197
X 233
Agradecimiento 256

 

PRÓLOGO

Es difícil ahora recordar la atmósfera de 1936. Cuando recibí el doctorado en Lenguas Clásicas y Leyes, en Cambridge, en el mes de junio de aquel año, la política europea era confusa y oscura. Los cimientos de la paz parecían resquebrajarse, a pesar de lo cual pocos eran los convencidos de que otra guerra mundial era inevitable, y también pocos quienes podían prever las coaliciones que se formarían, al estallar las hostilidades. El desconcierto de los pueblos de Europa se reflejaba en los errores de sus gobernantes, y en sus vacilaciones.
Hitler había alcanzado el poder supremo en Alemania, pero todo el horror y las peligros que entrañaba su régimen no eran universalmente aparentes. Por el contrario, a menudo se le aplaudía en Alemania y el extranjero, por el orden impuesto al desbarajuste provocado por la República de Weimar, y por la supresión del comunismo. Pero el renacimiento de la Wehrmacht, la retirada de Alemania de la Liga de las Naciones y la ocupación militar de la margen del Rin eran presagio de lo que se aproximaba.
En una Francia debilitada por una sucesión de gobiernos ineficaces y de corta vida, y resentida porque la victoria de 1918 no le había dado ni seguridad ni estabilidad, la ocupación de la margen del Rin por los alemanes produjo una oleada de indignación y protestas. Monsieur Flandin fue tomado por sorpresa y no supo obrar con la debida decisión. Entabló conversaciones con el gobierno británico, buscando la garantía del apoyo británico a la acción militar francesa contra el golpe de sorpresa alemán, no pudiendo obtenerla, por lo que debió conformarse con una situación que todos los franceses deploraron y que aterrorizó a la mayor parte de la nación gala. La censura nacional se reflejó en las siguientes elecciones, que llevaron al poder a un gobierno del Frente Popular, presidido nominalmente por monsieur León Blum, que tenia poderosas, aunque menos obvias, relaciones comunistas. La unión nacional provocada por la acción alemana fue seguida por la ira y la desintegración, huelgas y demostraciones en masa, en las cuales los simpatizantes del Frente Popular chocaron con los Antiguos Combatientes, la Acción Francesa y los Cruces de Fuego. La opinión general en Inglaterra era: «los franceses andan a la greña».
Los italianos, entusiasmados por su éxito en Abisinia a pesar de la oposición británica y francesa, sentíanse amargados, mas que turbados, por la política de sanciones. Se volvieron progresiva y agresivamente antibritánicos, y crecientemente truculentos hacia sus vecinos franceses y balcánicos. Se estaba forjando el Eje.
En Europa sudoriental, Yugoslavia, sumida en la crisis dos años antes con el asesinato del rey Alejandro, estaba continuamente agitada por las actividades de los ustachis y de la I.M.R.O., siendo los primeros apoyados por Italia, y por Bulgaria los segundos. A lo largo y ancho del país, croatas, macedonios y musulmanes reaccionaban contra la dominación servia. Albania estaba gobernada por el rey Ahmed Zogu, económica y políticamente respaldado por Italia. En octubre de 1935, el rey Jorge de Grecia fue restaurado en el trono, por el plebiscito del pueblo.
La política rusa había sido radicalmente alterada por dos importantes sucesos acaecidos un par de años antes. En asuntos in9
ternos, el asesinato de Kirov, en Leningrado, el 12 de diciembre de 1934, puso fin a todas las esperanzas de que Stalin siguiera una política mas liberal; se produjo una implacable represión, que empezó con el juicio y la subsiguiente ejecución de Zinoviev y Kamenev, culminando en la virtual eliminación de la «Vieja Guardia» bolchevique, en las grandes purgas de 1936 a 1938. Como dijo Greta Garbo en la película Ninotchka, «habría menos y mejores rusos». El otro suceso, de efecto vital en la política exterior soviética y las actividades comunistas en Europa, fue el establecimiento de la doctrina del Frente Popular, en el VII Congreso del Komintern, en 1934. En el futuro, los comunistas de los países extranjeros habían de aliarse con todos los partidos - socialistas, liberales, radicales, e, incluso, conservadores -que quisieran unirse a ellos en un «Frente Popular para la Paz y contra el Fascismo»1.
El dominio de los diversos Frentes Populares había de estar en las firmes, y discretas, manos de los comunistas. En el transcurso de los dos siguientes años se establecieron gobiernos del Frente Popular en Francia y España.
La Monarquía española había caído en abril de 1931, cuando el rey Alfonso XIII se expatrió voluntariamente, para evitar el riesgo de una guerra civil; poco después Niceto Alcalá Zamora fue nombrado presidente de la República española, con Manuel Azaña como primer ministro. Un gobierno socialista domino al país durante los dos siguientes años. El 10 de agosto de 1932 se intento un golpe de estado por el general Sanjurjo, el «León de Marruecos», que fracaso en su intento. Sanjurjo había mandado la Guardia Civil en 1931, y con su actitud derrotista precipito la partida de Alfonso XIII.
Al alzarse en armas en 1932, se declaro por el restablecimiento de la Monarquía, pero fue capturado y condenado a muerte, siendo indultado en el ultimo instante.
En 1933, el gobierno socialista fue substituido por una coalición derechista, bajo la jefatura de Alejandro Lerroux y Gil Robles. Las izquierdas intentaron una revolución armada en 1934, que adquirió caracteres de guerra civil en Asturias, entre los inflamables mineros de aquella región. Después de dura lucha pudo aplastarse la revolución, tratándose a sus instigadores con lenidad. Diversos gobiernos derechistas se sucedieron en el poder, hasta las elecciones de 1936, tras las cuales se formó un gobierno frentepopulista, con Casares Quiroga como primer ministro.
Este gobierno fue incapaz de dominar a los extremistas de la derecha y de la izquierda, iniciándose por ambos bandos los preparativos para la guerra civil, en todo el país2.
Tal era el estado de Europa cuando salí de Cambridge, con mi doctorado en Lenguas Clásicas y Leyes, un temperamento inquieto, sin dinero y lo que la revista del Trinity College cierta vez describió como «deplorable tendencia a sonreír bobamente».

 

NOTAS:

1 Dr. I. Deutscher: Stalin (Oxford. 1949), pág. 419. Véase también: Arthur Koestler, The God that Failed (Hamish Hamilton, 1950). pp. 70 y 71.
2 Véase Madariaga, Spain pp. 300 a 352. (Cape, 1942)