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Voluntarios rusos en el Ejército del III Reich

(La Quimera)

Jürgen Thorwald

Voluntarios rusos en el Ejιrcito del III Reich - (La Quimera) - Jόrgen Thorwald

300 páginas
21 x 14 cm.

España, 2008

Encuadernación rústica
 Precio para Argentina: 95 pesos
 Precio internacional: 20 euros

 

 

 

 

 

 

 

Aunque muchos no lo sepan, durante la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente un millon y medio de ciudados sovieticos sirvieron en el ejército de Hitler. A este respecto, Júrgen Thorwald ha ocupado una posición de priviliegio entre los historiadores de estos sucesos, ya que ha sido elegido por algunos de sus principales protagonistas para recopilar todos los datos necesarios. El general Reinhard Gehlen, que dirigía durante la guerra el departamento Fremde Heere Ost (Ejércitos extranjeros del Este) en el Estado Mayor Central alemán guió a Thorwald en sus investigaciones y lo puso en contacto con muchos de los sobrevientes.
Las tentativas de Gehlen y los oficiales tuvieron por objeto hacer ver al Mando supremo la necesidad de descartar los objetivos colonialistas —que entretanto se habían perfilado ya con absoluta nitidez— y constituir un ejército ruso de liberación para hacerle librar su propia batalla. Otra finalidad de tales planes era encontrar una personalidad soviética prestigiosa que quisiera acaudillar ese ejército y formar un Gobierno «antiestalinista», si se le prometiera libertad de acción para el futuro, más una renuncia alemana a todas las pretensiones territoriales. El objetivo final, bastante difuso todavía, fue una «nueva» Rusia no estalinista, manteniendo relaciones amistosas con Alemania o, mejor aún, aliada de ella por lo menos económicamente...
El líder buscado no fue otro que el general Vlassov, que contaba apenas cuarenta años en 1942, condecorado con la orden de la Bandera Roja por su memorable actuación como jefe de Ejército en la batalla de 1941 ante Moscú, nombrado a instancias de Stalin, comandante supremo adjunto del frente soviético noroccidental, y alcanzando más tarde la jefatura suprema del mismo en Leningrado. Siendo ya prisionero de los alemanes, la decepción y amargura ocasionadas por sus experiencias en la era estaliniana le indujeron finalmente a aceptar el papel ofrecido: acaudillar un Ejército y un Gobierno de liberación.
Se intenta aquí narrar la tragedia de rusos, ucranianos, cosacos y otros grupos demográficos de los pueblos soviéticos que sucumbieron como voluntarios frustrados, o bien pasaron más tarde a los campos soviéticos donde expiarían sus culpas por haber confiado en Alemania.
El título "la Quimera" no sólo caracteriza el comportamiento de ciertos alemanes, que con pasmosa ingenuidad y sin la indispensable influencia habían intentado hacer lo imposible, sino también a aquellos ciudadanos soviéticos en el campo opuesto que habían soñado con la «liberación de su patria» y la humanización del sistema estalinista.
Con La quimera se intenta evocar, al margen del «drama Vlassov», el destino de aquellos otros, jamás subordinados a Vlassov, así como la reacción inhumana y, vista retrospectivamente, inconcebible de Hitler y sus secuaces que les hizo sucumbir.

 

ÍNDICE

PRÓLOGO O HISTORIA DE ESTE LIBRO

EL PENSADOR Y LOS PUÑOS

EL CAMINO POR CUYA CAUSA DEBEMOS COMBATIR

ENTREACTO CAUCÁSICO

VLASSOV O EL GRAN DONATIVO

LOS "BOMBONES" O LA LARGA ESPERA

VARIACIÓN INVEROSÍMIL

LOS DIOSES LOS CASTIGAN CON LA CEGUERA

PRÓLOGO O HISTORIA DE ESTE LIBRO

Cada libro tiene su historia.
La de éste, La quimera, tuvo sus comienzos hace más de veinte años. Se inició un atardecer otoñal del año 1950, en Munich, donde yo residía entonces. Aquella tarde me telefoneó una voz desconocida que hablaba un alemán fluido pero con perceptible acento americano.
El comunicante me explicó que había leído mi obra Es begann an der Weichsel (publicada el año 1949)*, cuyo contenido le interesaba mucho, sobre todo un pasaje referente al general Reinhard Gehlen. Entonces dijo:
—¿No conoce usted al general...?
Respondí negativamente y pregunté con quién estaba hablando.
—Eso no tiene importancia por ahora —fue la respuesta—. Pero para usted sería interesante sin la menor duda conocer al general.
Hasta entonces yo había atribuido poca significación al nombre Gehlen. Las escasas líneas escritas sobre su persona en Es begann an der Weichsel tenían como base ciertas referencias del ex capitán general Guderian que había sido nombrado jefe del Estado Mayor Central alemán durante el invierno de 1944-1945, cuando se derrumbó el frente oriental germano y los ejércitos soviéticos, desplegados ante el Vístula y el Oder, emprendieron su última gran ofensiva hacia la Alemania oriental y central. Como mi libro analizaba aquel formidable avance y el éxodo de la población alemana oriental con todas sus consecuencias geográficas y humanas, demográficas y políticas —cuyos efectos se hacen sentir todavía hoy—, decidí seleccionar entre otros testigos a Guderian y le visité en su modesto refugio de posguerra, el monasterio de Dietramszell, Alta Baviera. Durante la narración de sus experiencias se mencionó también casualmente a Gehlen, que dirigía por aquel entonces el departamento Fremde Heere Ost en el Estado Mayor Central alemán. Durante la Segunda Guerra Mundial se le había encomendado a este último la información sobre efectivos y designios del adversario soviético. Guderian realzó las grandes facultades de Gehlen para el Servicio Secreto y, particularmente, su certera predicción sobre la última gran ofensiva soviética del 16 de enero de 1945 que selló la suerte de Alemania oriental y asimismo determinó la historia actual de la Europa oriental.
Entonces pregunté a mi interlocutor si Gehlen deseaba que hiciese algunas correcciones en el libro.
—No —contestó—. El general sólo quiere hacerle una propuesta. Luego el desconocido me preguntó si tenía auto, se informó sobre su marca y características y por último, sugirió que le esperase con mi coche bajo cierto farol de la calle Harthauser, Munich-Harlaching, una de las próximas tardes a una hora determinada.
Yo ignoraba qué había sido de Gehlen tras el derrumbamiento alemán. No sabia que el hombre, previendo una disgregación inevitable de la alianza bélica soviético-americana, había logrado con una habilidad maquiavélica y una fría previsión, incorporarse al Servicio Secreto americano. Y además —otra circunstancia desconocida para mí— seguía maniobrando con una «organización Gehlen» enmascarada al servicio de los americanos, y realizando el mismo trabajo que en el Fremde Heere Ost.
Así, pues, tras cierto titubeo, me dirigí hacia Harlaching y esperé en aquella calle desierta y mal iluminada. Por fin apareció a mi espalda un «Opel Capitán» negro. De él descendió un desconocido, se acercó a mi ventanilla y me rogó que tomara asiento en el «Opel» junto al conductor. Él nos seguiría con mi coche. El conductor del «Opel-Ca-pitán» —una figura indefinible con gafas—, resultó ser el general Gehlen.
Después de un breve intercambio de saludos nos dirigimos hacia Nymphenburg, aparcamos en la Montenstrasse bajo una niebla bastante densa y caminamos un trecho para detenernos finalmente ante una villa algo caduca. Abrió un ordenanza vestido de paisano que nos condujo hasta el «gabinete». Allí esperaban tres hombres: Henry Pleasents, funcionario de la CÍA* americana y enlace con la «organización Gehlen», que se presentó como mi misterioso comunicante; el ex general de Artillería Von Mellenthin, sustituto de Gehlen, y Heinz Danko Herré, un coronel del antiguo departamento Fremde Heere Ost, y ahora el más cercano colaborador de Gehlen en su nueva organización secreta.
Gehlen se mostró reservado, casi distante, y lacónico. Por el contrario, Mellenthin dio pruebas de tanta locuacidad que pude percibir al instante la incompatibilidad entre ambos caracteres. Herré, un sujeto enteco, inteligente, lleno de ambición vital y codicia disimulada  y finalmente Pleasents, que no sólo realizaba su misión secreta de un crítico musical sino que además era un músico auténtico y en activo.
Tras una larga conversación se aclaró el motivo de aquella misteriosa cita. Entonces supe que, a principios de 1942, cuando las esperanzas puestas en un triunfo militar sobre la Unión Soviética eran ya plena utopía para cualquier persona juiciosa pese a las inmensas conquistas iniciales de los alemanes, Gehlen y Herré pertenecieron a un grupo de oficiales del Estado Mayor que intentaron atajar la indefectible derrota mediante un experimento político-militar.

Entretanto desestimaron la resolución de Hitler, que no sólo se proponía aniquilar a la Unión Soviética como centro del presunto bolchevismo mundial (el momento ideológico era asunto secundario, a su juicio), sino también transformarla mediante una política eminentemente imperialista en un gran imperio germánico, sojuzgar a la población asignándole el rango de pueblo colonizado y erigir —justamente cuando se anunciaba ya la disgregación de los imperios coloniales británico y francés— otro imperio similar sobre suelo soviético y polaco para ese pueblo alemán tan "carente de espacio vital". La guerra, congelada entonces en el Canal británico, reforzaba su decisión, pues aquel gran imperio oriental haría de Alemania una potencia invencible económica y militarmente, por lo cual los anglosajones se verían obligados a doblegarse ante semejante hecho y concertar la paz.
Los planes de aquella oficialidad resultaban evidentes para quien tuviera ojos. El dominio estaliniano de los años treinta, degenerando hasta la crueldad despótica, había suscitado una animosidad generalizada y clandestina contra el régimen, no sólo en las masas soviéticas sino también entre los militares e intelectuales, hostilidad que se manifestaría de una forma u otra apenas se ofreciera la ocasión. Verdaderamente se obraba ya así... comenzando con una disposición tibia a luchar por aquel régimen, circunstancia que explica en gran medida los éxitos germanos de 1941, aunque sin duda las proezas tan incomparables como trágicas del soldado alemán merezcan elogiosas citas históricas. Desde aquellos días, la Historia ha descartado esa leyenda sobre una superioridad absoluta de los ejércitos blindados alemanes, ya que realmente se despachó si acaso tres mil cien tanques (1.700 de los cuales eran anticuados, ligeros o material capturado en Checoslovaquia) para el sometimiento de un gigantesco país provisto con 20.000 o más tanques, entre ellos mil cien «T-34», muy superiores a los mejores carros de combate alemanes.
Pero aún se exteriorizó con mayor claridad el antiestalinismo en la gran acogida dispensada a numerosas unidades combatientes alemanas por las poblaciones, y no sólo del medio rural o las regiones tradicionalmente separatistas como Ucrania y el Cáucaso y la Rusia blanca o el Báltico, cuya anexión a la Unión Soviética había tenido lugar durante el bienio 1939/40. Aun desconociendo los principales objetivos alemanes e incluso sin saber nada mencionable sobre los germanos (salvo algunos relatos de padres y abuelos acerca de aquellas gentes occidentales tan eficientes), muchos millones de seres dieron crédito a las ilusorias frases propagandísticas alemanas sobre la liberación del pueblo soviético. Ni los propios intelectuales percibieron el precio de tal liberación: concretamente, un déspota extranjero personificado por Hitler. Incluso muchos airearon la idea de una nueva Rusia, socialista como antes, pero más humana. Un inmenso potencial humano se mostró dispuesto a trabajar para conseguirlo, y también combatir con ayuda alemana.
Hasta la primavera de 1942, las tropas alemanas —que, exceptuando su Alto Estado Mayor, desconocían los planes neocolonialistas de Hitler—, acuciadas por la necesidad apremiante y la falta de reservas, se las arreglaron para «absorber» por su cuenta sin esgrimir argumentos políticos, a unos 700.000 ex milicianos rojos, entre ellos 6.000 oficiales y comisarios según cálculos aproximados.
Aquellos hombres vistieron uniforme alemán; unos sirvieron en compañías auxiliares como «hiwis» (abreviatura de hilfsfreiwiltige = auxiliares voluntarios), otros formaron unidades combatientes de toda especie. El Alto Mando de la Wehrmacht no supo nada sobre esas formaciones irregulares. Allí hubo un porcentaje muy reducido de oportunistas, es decir, individuos que aprovecharon ese recurso para evadir los campos alemanes de prisioneros. Tampoco hubo muchos separatistas, pues éstos no hicieron su aparición hasta 1942 tras la conquista del Cáucaso. Fue simplemente una ejemplificación masiva de la disposición para participar en aquel combate, no contra la patria ni el socialismo, sino más bien contra los estalinistas. Y aunque parezca extraño, se siguió manteniendo esa tesitura, incluso después de la primera derrota alemana ante Moscú.
Las tentativas de Gehlen y los oficiales partieron desde ese segundo plano y tuvieron por objeto hacer ver al Mando supremo la necesidad de descartar los objetivos colonialistas —que entretanto se habían perfilado ya con absoluta nitidez— y constituir un ejército ruso de liberación para hacerle librar su propia batalla. Otra finalidad de tales planes era encontrar una personalidad soviética prestigiosa que quisiera acaudillar ese ejército y formar un Gobierno «antiestalinista», si se le prometiera libertad de acción para el futuro, más una renuncia alemana a todas las pretensiones territoriales. El objetivo final, bastante difuso todavía, fue una «nueva» Rusia no estalinista, manteniendo relaciones amistosas con Alemania o, mejor aún, aliada de ella por lo menos económicamente... y al propio tiempo el término de una guerra insostenible con múltiples frentes, y la posibilidad de concluir las hostilidades ciertamente sin victoria y tampoco en el sentido hitleriano del gran imperio germano-teutónico, pero sí salvaguardanlo la sustancia alemana de la anteguerra.
Las gestiones antedichas, cuyas consecuencias fueron las vicisitudes acaecidas entre 1942 y 1945, eran todavía unos hechos casi incógnitos en 1950. Asimismo se desconocía el gran desarrollo alcanzado por aquellos planes y la incorporación de un millón largo de ex milicianos rojos al campo alemán. Ni Pleasents ni otros altos funcionarios de la CÍA habían tenido noticia de ello hasta que se fundó la «organización Gehlen». Fue entonces también cuando oyeron hablar por primera vez del general Vlassov, que contaba apenas cuarenta años en 1942, condecorado con la orden de la Bandera Roja por su memorable actuación como jefe de Ejército en la batalla de 1941 ante Moscú, nombrado a instancias de Stalin, comandante supremo adjunto del frente soviético noroccidental, y alcanzando más tarde —primavera de 1942— la jefatura suprema del mismo en Leningrado. Siendo ya prisionero de los alemanes, la decepción y amargura ocasionadas por sus experiencias en la era estaliniana le indujeron finalmente a aceptar el papel ofrecido: acaudillar un Ejército y un Gobierno de liberación. Tras dos años de pugna infructuosa con Hitler, cuya autorización era necesaria si se quería dar un nuevo giro a la ostpolitik alemana, se aprovechó la conjura de 1944 para escenificar con una porción ínfima de ex soldados soviéticos vistiendo uniforme alemán, la farsa del llamado «ejército Vlassov».
El 14 de noviembre de 1944, Vlassov —bajo el patrocinio de un Himmler atemorizado ante la inminente derrota— pudo publicar en Praga cierto manifiesto anunciando una nueva Rusia socialdemócrata, y aunque la imagen de aquella Rusia fuera todavía difusa, se pudo entrever ya un perfil algo más definido. Se formaron muy pocas unidades y cuando sobrevino el desmoronamiento de Alemania, éstas se comportaron tal como lo hizo el grueso de ex milicianos rojos y ciudadanos soviéticos que jamás estuvieron a las órdenes de Vlassov: intentaron abrirse paso hasta las líneas inglesas o americanas.
Engañados una vez y otra por las vanas promesas de unos oficiales alemanes no menos ilusos, depositaron su confianza en las potencias occidentales tomándolas por auténticas defensoras de la libertad humana. Tuvieron el convencimiento de que la alianza circunstancial entre angloamericanos y Stalin no sobreviviría a la guerra. Creyeron poder proseguir la marcha hacia sus objetivos desde el campo aliado. Pero otros muchos, abrumados por las decepciones y la resignación, sólo desearon encontrar alojamiento y trabajo en cualquier lugar del mundo anglosajón. Ahora bien, todos ellos comprendieron que serían simples traidores para un Stalin victorioso y, por lo tanto, que allá sólo les esperaría la muerte o el campo de trabajos forzados.
Sin embargo, sufrieron nuevas decepciones por parte de las potencias occidentales. Ciertos conceptos irreales sobre el carácter y los designios de Stalin, así como la creencia de que su ayuda era todavía necesaria para seguir luchando contra el Japón, habían conducido mucho antes en Yalta a una promesa conclusiva: se entregaría a la Unión Soviética todo ciudadano soviético que «hubiese colaborado con el enemigo». Y así se hizo.
Luego, en 1950, bajo el signo de la guerra fría, los altos funcionarios americanos —algunos de los cuales habían participado en aquella «extradición»— mostraron un súbito interés por conocer los verdaderos antecedentes. Inopinadamente, les pareció conveniente analizar aquella posible oportunidad, desperdiciada por Hitler en tiempo de guerra, para derrocar desde dentro con ayuda de la población rusa el sistema estatal soviético e imperialista cuyo poder se había acrecentado entretanto de forma desmesurada. Tal vez la historia sobre los milicianos rojos con uniforme alemán procurara algunas enseñanzas para el caso de que la guerra fría se tornara caliente.
En 1950, Pleasents y el círculo Gehlen llegaron al convencimiento de que importaba mucho registrar el erostratismo alemán en la Unión Soviética, así como la historia de los voluntarios rusos mientras hubiese testigos. Pensaron que, en caso de un enfrentamiento militar entre el Este y el Oeste, una crónica semejante podría servir de «cartilla». Pleasents había leído Es begann an der Weichsel, una obra cuyas fuentes informativas eran casi insólitas por aquellas fechas, pues se fundaba en diversas declaraciones de testigos supervivientes. Él creyó que yo era el «joven escritor idóneo» para historiar del mismo modo el capítulo, polifacético en muchos aspectos, de la ostpolitik alemana.
Se hizo la propuesta en los siguientes términos: se me confiaría toda la documentación existente sobre el movimiento de los voluntarios rusos y la política alemana en las regiones orientales ocupadas. Más adelante se harían las gestiones necesarias para localizar el mayor número de testigos supervivientes y conducirlos hasta un lugar todavía por designar. Allí se me ofrecería la ocasión de entrevistarlos minuciosamente y tomar notas taquigráficas como documentos adicionales para la historia proyectada.
Ya bien entrada la noche llegamos a un acuerdo extrínseco, pero intrínsecamente no hubo entendimiento. Yo no pensé en un manual o prontuario político. Lo que me entusiasmó fue la inaudita perspectiva de recibir documentos originales para describir unos procesos históricos desconocidos y anteriores a los tempestuosos acontecimientos descritos en Es begann an der Weichsel, para explicar por qué se desencadenó con tanta furia la tormenta soviética sobre el suelo alemán dejando casi desiertas todas las provincias orientales alemanas, desde Prusia oriental hasta Silesia, con el éxodo y la persecución de todos sus habitantes germanos para transformarlos en territorios soviéticos o polacos así como hacer dos partes de los territorios alemanes restantes.
Herré fue designado elemento de enlace. No vi nunca más a Gehlen desde aquella noche. Pocas semanas después de la reunión, Herré me comunicó que todo estaba dispuesto. En el invierno de 1950/51 me trasladé a una quinta solitaria, casi cubierta de nieve, perteneciente a los ancianos padres de Herré quienes me ofrecieron afablemente su hospitalidad. La casa estaba situada entre colinas cerca de la aldea Krün bei Mittenwald. Dos secretarias se alternaban allá arriba, y también acudía periódicamente al silencioso edificio un «Opel Capitán» gris con los testigos de la Ostpolitik alemana y los renegados soviéticos que regresaban por el mismo conducto después del interrogatorio.
Aquellos personajes llegaron de toda Alemania sin contratiempo alguno; una operación asombrosa por su excelente organización. Los rostros cambiaron constantemente. Algunos parecieron presentarse de forma clandestina porque su procedencia era la llamada entonces Zona soviética de ocupación, o bien porque siendo rusos se ocultaban de americanos e ingleses para evitar la extradición.
Varias veces emprendí camino con el «Opel», acompañado del conductor y la secretaria, para entrevistar a diversos testigos que, por causas profesionales o personales, de enfermedad o «prestigio» (si bien casi todos estos casos obedecían evidentemente a tensiones o rivalidades con Gehlen), no podían visitar Krün. Entre ellos figuró el anciano general Köstring en Unterwössen, antaño agregado militar de la antigua Embajada alemana en Moscú hasta 1941 y más tarde «general de los voluntarios», un mentor más o menos remiso de los ex soldados concentrados por millones en campo alemán. Otra vez fue una figura interesante y muy discutida, el alemán báltico Wilfried Strik-Strikfeldts, oficial de enlace entre Gehlen, el Estado Mayor central del Ejército alemán y Vlassov; en los últimos tiempos fue un colaborador tan fiel de Vlassov que éste solía llamarle «mi starez», mi ángel de la guarda.
Hacia principios de 1951, cuando los «interrogatorios» llenaron miles y miles de páginas, cuando hube estudiado actas, expedientes, Diarios y por añadidura tomado numerosas notas personales, creí estar ya algo familiarizado con aquellos acontecimientos históricos y sus antecedentes. No siendo mi propósito escribir un informe escueto de lectura tediosa, sino una crónica histórica con atmósfera y escenarios familiares con la presentación de los protagonistas incluyendo sus pensamientos, conversaciones y polémicas, tales entrevistas rebasaron largamente de la medida ensayada con Es beggan an der Weichsel Pero sobre todo hice reproducir o reconstruir las circunstancias y expresiones de diálogos, coloquios y debates importantes entre las más diversas personalidades, sin excluir a Rosenberg, Himmler o el propio Hitler, es decir, manifestaciones concordantes por su forma o fondo con el devenir histórico. Esto tuvo y sigue teniendo especial significación, porque así resulta explicable el estilo de un libro que, si bien parece ocasionalmente una narración novelística, aspira a representar una porción de historia mediante su peculiar método historiografía).
La primera y voluminosa versión del libro se escribió en un año... Me espoleó Herré, quien, como impulsado por un motor interno y obsesionado con el recuerdo de la oportunidad perdida —según su opinión—, continuó aferrándose a la idea del «manual». Aquella versión acusó los nocivos efectos de semejante apresuramiento y, por añadidura, una grave enfermedad imprimió su sello en el trabajo.
Cuanto más se extendió el texto, tanto más evidente resultó que decepcionaría no poco a sus iniciadores. Cuando se imprimió esa primera edición bajo el título Wen sie verderben wollen... (1952) en una tirada ínfima, distaba ya mucho de un «manual». Era una acusación exploratoria contra la desmedida ostpolitik de un colonialismo tardío, no sólo ajena a todo sentimiento humanitario, sino también tan ciega ante el verdadero equilibrio de fuerzas (lo cual resulta mucho más condenable para quienes representan la política realista), que impuso prácticamente al adversario la movilización de todo su potencial —una necesidad jamás prevista por él—, con lo cual el proyectado aniquilamiento y colonización de la Unión Soviética engendraron este gran Imperio soviético de nuestros días, cuyas consecuencias para Alemania, Europa y el mundo entero nos son conocidas. Se intentaba narrar la tragedia de rusos, ucranianos, cosacos y otros grupos demográficos de los pueblos soviéticos que sucumbieron como voluntarios frustrados, o bien pasaron más tarde a los campos soviéticos donde expiarían sus culpas por haber confiado en Alemania y en algunos alemanes. Se comentaba la ingenuidad y la ignorancia de los ingleses y los americanos... así como la inhumanidad resultante cuando finalizaron aquellos acontecimientos. Era también una crónica sobre ciertos alemanes que intentaron sustituir demasiado tarde la política invasora por otra de colaboración, lo cual les valió la acusación —todavía velada— de haber manejado a muchos ciudadanos soviéticos como peones en el juego entre Hitler y Stalin, cuando algunos de esos alemanes debieran haber previsto, considerando sus importantes cargos militares o administrativos, que el imaginario mundo político de Hitler no tendría nunca auténticas posibilidades.
Ahora bien, este libro no sólo distó mucho de ser un catón. Como en sus páginas se criticaba por partes iguales a los campos alemán y angloamericano, surtió también los efectos de un documento histórico acusatorio. A ninguna de las generaciones participantes les gustó leer una autoacusación..., no gustó en Alemania ni en Inglaterra, ni en una América que por entonces no conocía aún las amargas frustraciones, sacudidas e introspecciones intelectuales del presente. Así pues, ese trabajo pareció servir tan sólo como fundamento de una fuente informativa histórica que jamás habría existido en esa forma y sería difícilmente factible de otro modo.
Dos décadas transcurrieron desde aquellas fechas. Entretanto mi atención se centró en otros temas, pero nunca renuncié a ocuparme de lo acontecido con aquel millón largo de ex soldados soviéticos en campo alemán (aunque no genuinamente alemán). Sin embargo, aquella actividad tuvo ciertas variaciones porque entonces cesó la participación del círculo Gehlen y con ello su lógica influencia sobre un hombre joven, un escritor buscando bases sólidas, formado en la guerra y que, como marino, jamás había pisado tierra soviética, pero percibía la tragedia humana del tema. En 1955 hubo un último contacto con aquel círculo cuando cierto semanario me pidió una información acerca de Gehlen, que, después de su prolongada colaboración con los americanos, se había puesto nuevamente a disposición de los alemanes fundando el servicio secreto de la República Federal Alemana. Sin embargo, aquel contacto se redujo a un mensaje epistolar en el que se me preguntaba si me interesaría un artículo sobre la organización Gehlen y me prestaría a facilitar documentación fidedigna. Poco tiempo después me visitó un enlace que escuchó mis preguntas y respondió a ellas (no sin intercalar, por su parte, algunas interpelaciones) con más o menos acierto. Pero, realmente, todo aquello dejó entrever que la historia de los ex voluntarios soviéticos suscitaba ya poco interés. Según un criterio cada vez más generalizado, la parte del mundo que se titulaba «occidental» mostró una absoluta incapacidad para percibir la realidad indefectible del Imperio soviético (y más todavía para «arrollarlo» como soñaban algunos), con lo cual se socavó la fe en el significado del proyectado «manual».
Cuando, diez años después, se me ofreció una vez más la oportunidad de conversar con Herré, lo encontré como general y delegado del servicio secreto federal en la Embajada de la República Federal Alemana en Washington. El hombre estaba esperando el inminente retiro y preparando ya el retorno al hogar de sus padres, ya fallecidos, aquella quinta donde tuviera lugar antaño la recopilación de datos. Herré no se hacía ilusiones sobre un posible y auténtico progreso para la liberación del mundo ni conceptuaba —como hacían muchos alemanes— los años de la llamada guerra fría como un impedimento histórico en el camino hacia la paz mundial o la reintegración alemana, un sueño de larga data.
Por el contrario, esos años se le antojaban más bien una fase histórica que había servido al menos para mantener cierto statu quo entre el Este y el Oeste, así como frenar rotundamente una política expansionista a la cual, según su opinión, no renunciarían nunca los dirigentes soviéticos. Asimismo opinaba que el sistema gubernamental de la Unión Soviética seguía sin encontrar apoyo, a pesar de su impresionante consolidación, en un apego profundamente arraigado de las masas populares y menos todavía de sus satélites, si bien la sustancia de quienes en la era estaliniana, especialmente entre 1941 y 1942, Propendían a una levée en masse, se había esfumado por causa de las decepciones sufridas y la evolución generacional. Además, el primitivo Proyecto para procurar a americanos y europeos un «manual» sobre normas de conducta ante los pueblos soviéticos si sobreviniera una nueva guerra, había sido proscrito en el mundo de sus conceptos políticos prácticos.
No obstante, el recuerdo de lo acontecido entre 1942 y 1945 le seguía causando tanta amargura como en los años 1950/51, sobre todo porque no podía olvidar aquellos momentos conmovedores de 1945, cuando muchos ciudadanos soviéticos condenados a la extradición se despidieron de él... ¡precisamente un cómplice de quienes decidieron su destino! Le parecía una ironía de la Historia que ciertos países como Sudáfrica y Australia requiriesen por aquellas fechas inmigrantes blancos, sobre todo trabajadores, cuando pudieran haber tenido tantos como quisieran en 1945.
Durante aquellos días el libro titulado, otrora Wen sie verderben wollen, venía siendo objeto de profundas transformaciones desde mucho tiempo atrás, es decir, cuando fui conociendo ciertos hechos que justificaban tales modificaciones y mejoras, o exigían un análisis más pausado, más minucioso de antiguas notas e interpelaciones. El nuevo manuscrito resultante, libre ya de ampulosidades, recibiría más adelante el título La quimera. Este título no sólo caracterizaría el comportamiento de ciertos alemanes, que con pasmosa ingenuidad y sin la indispensable influencia habían intentado hacer lo imposible, sino también a aquellos ciudadanos soviéticos en el campo opuesto que habían soñado con la «liberación de su patria» y la humanización del sistema estalinista. Simbolizaría la monstruosidad del sueño hitleriano: conquista y colonización de la Unión Soviética. Por último caracterizaría asimismo a americanos e ingleses, quienes interpretaban la alianza con Stalin como algo más que un mero acto de conveniencia militar, es decir, una amistad idealizada para fundamentar el nuevo orden de un mundo pacífico.
En 1970 se confirmó una experiencia antiquísima, a saber, que los pueblos y los seres humanos necesitan tiempo y distancia para evaluar sobriamente ciertos acontecimientos históricos o desentrañar su significado. Por cuanto se refiere al movimiento de los voluntarios soviéticos se publicó en dicho año una obra titulada Gegen Stalin und Hit-ler-General Wlassow und die russische Freiheitsbewegung (Contra Stalin e Hitler: El general Vlassov y el movimiento liberador ruso) en la que se recopilaban los recuerdos personales de Wilfried Strik-Strikfeldt. Este libro, el primero de su género traducido por prestigiosas editoriales londinenses y neoyorquinas, suscitó inopinadamente en los países anglosajones un interés intelectual —aunque también algo reprobador— por ese pasaje incógnito o poco menos de la Segunda Guerra Mundial. Desde luego, entre 1952 y 1970 aparecieron también algunas publicaciones bien documentadas sobre el tema: Soviet Opposition to Stalin, de George Fisher; Tretja sita, de Alexander Kasanzev y Germán Rule in Rusia. 1941-1945, de Alexander Dallin. Pero ninguna tuvo una gran acogida. La obra de Kasanzev, impresa en Alemania el año 1952, fue desechada por anticipado como un trabajo tendencioso de inmigrantes. Los otros dos libros procedieron de eminentes editores anglosajones. Pero, así como se imputó a Wen sie verderben wolten un exceso de «perspectiva Gehlen o Herré», las publicaciones americanas adolecieron de excesivos prejuicios estadounidenses. Porque, evidentemente, los conceptos de aquel entonces eran inconciliables con una posible actuación, bajo la dictadura hitleriana, de algunos ciudadanos soviéticos a menos que éstos intentaran proceder como Quisling, Mussert o Degrelle, que pretendían imponer el nacionalismo en sus propios países. El cuadro global del tiempo hitleriano no aparecía todavía lo suficientemente diversificado para que se pudiese juzgar con imparcialidad a quien hubiese pactado con los alemanes de aquella era, es decir, sin achacarle las motivaciones de una persona desesperada. Ahí cabía preguntarse por qué buscaban los ciudadanos soviéticos, en su intento de derrocar al estalinismo, la ayuda de un país que precisamente vivía también bajo una dictadura. Este interrogante desempeñaba un papel esencial. Se había intentado explicarlo diciendo que en la constelación existente no se les ofrecía ninguna otra ayuda, pero esto fue tan inaceptable como el siguiente hecho comprobado ulteriormente: las flaquezas del totalitarismo hitleriano, con sus pugnas políticas entre bastidores, ofrecían, a diferencia del hermético sistema estalinista, la posibilidad de manifestarse e incluso actuar hasta cierto límite. Para las personas que se habían formado desde su niñez bajo un régimen dictatorial absoluto, los matices graduales de esa especie tenían un significado que entonces resultaba incomprensible en los países liberales.
Por otra parte, los editores socialistas y marxistas, aun siendo adversarios acérrimos del «desviacionismo estalinista», conceptuaban traidores a los que confraternizaron —por idénticas razones— con el fascismo. En la propia Unión Soviética, donde los escasos supervivientes después de la extradición de 1945 no fueron indultados hasta la muerte de Stalin, el fenómeno representado por aquella Insurrección masiva aunque efímera, era tabú. Vlassov y sus principales colaboradores, condenados en un proceso secreto, serían ajusticiados. Respecto a Vlassov, se le tenía —tal como lo había comentado Ilia Ehrenburg sin ir más lejos— por un ambicioso cuyo hambre de poder le había hecho venderse a los fascistas hitlerianos. Asimismo un libro tan certero y aleccionador como Rusia en la guerra 1941-45, del inglés Alexander Werth (1965) dedicaba solamente en sus 743 páginas unas cuantas líneas a ese hecho insólito: la deserción masiva de un millón de soldados nada menos. Incluso revelaba un desconocimiento absoluto de los detalles más elementales, y lo explicaba simplemente diciendo que los desertores, movidos por el temor del sufrimiento y la muerte en los campos alemanes de prisioneros, habían accedido a vestir el uniforme de la Wehrmacht.
Así, pues, la atención todavía reprobadora suscitada por la obra Gegen Stalin und Hitter-General Wlassow, de Wilfried Strik-Strikfeldt, iniciaba una fase hasta cierto punto inédita en la evaluación histórica de lo acontecido entre 1941 y 1945. A ello contribuía también un segundo libro titulado Wlassow: Verráter oder Patriot? (Vlassov: ¿traidor o patriota?) Su autor, Sven Steenberg, de origen báltico-germano como Strik-Strikfeldt y, por consiguiente, capacitado también para evaluar directamente los informes rusos, exponía allí la primera biografía de Vlassov. Aunque se había documentado con los datos recopilados en 1950/52 para Wen sie verderben wollen, revelaba con suma precisión tantos pormenores nuevos que su libro sería un tratado arquetípico sobre los rusos. Sin embargo, ambas obras se concentraban sobre ese aspecto importante, pero no exclusivamente determinante en el cuadro global, de aquellos ex ciudadanos y soldados soviéticos que vivían y actuaban, esperaban y sufrían teniendo como fondo bárbaro e incomprensible la ostpolitik alemana.
Con La quimera se intenta evocar, al margen del «drama Vlassov», el destino de aquellos otros, jamás subordinados a Vlassov, así como la reacción inhumana y, vista retrospectivamente, inconcebible de Hitler y sus secuaces que les hizo sucumbir.
Sin duda esto tiene su importancia en los tiempos presentes, cuando la política alemana occidental, iniciada en 1972 con el reconocimiento de las nuevas fronteras y el nuevo equilibrio de fuerzas creados por la derrota hitleriana y el triunfo estalinista, no puede echar al olvido el interrogante sobre las causas y los primeros culpables de la metamorfosis habida en la Europa oriental. Tal vez La quimera aporte unas respuestas válidas, aun cuando éstas —dejando aparte la contraproducente brutalidad estaliniana— sean amargas y difícilmente comprensibles para una generación alemana joven y agiten el ámbito de la culpabilidad y de la expiación en Alemania. Los políticos realistas se interesan muy poco por los aspectos humanos de la culpabilidad y la expiación. No obstante, consideran culpables al egocentrismo ilimitado y a una política invasora sin la necesaria potencia.

JÜRGEN THORWALD